-¡Mamá!¡Ven, he encontrado a la
Vaquita!
La madre, haciendo caso omiso a sus
peticiones, siguió trabajando en lo suyo, puesto que ser compositora
requería un gran esfuerzo. En el fondo eso era su Mamá, la
Compositora de vidas. Mientras pensaba esto, las manitas de la niña
sintieron de nuevo el dulce tacto de la Vaquita, evocando así
instantes geniales de cuando fueron de paseo al huerto, comieron
cañas de chocolate o pasaron horas abrigadas entre mantas y calor
viendo Dumbo y documentales de osos. La Vaquita se había escondido
de Lucía cuando se metió en el estuche de maquillaje de su madre y su
madre siempre le decía que estaba demasiado sucia como para colgarla
en la nevera. Lucía le pedía a Mamá una y otra vez con ojos de
cordero degollado que se la lavara, pero Mamá no tenía tiempo, y
Papá estaba demasiado ocupado con sus líos de faldas como para
siquiera pregúntarselo. Finalmente, esa misma mañana, haciéndose
por fin realidad las peticiones de la dulce soñadora, la Vaquita llegó a su
destino.
En ese momento sintió que estaba
sosteniendo a la Vaquita en todo su esplendor y que la Vaquita le
regalaba sensaciones tan hermosas (aunque no se diera cuenta, porque,
había estado despistada hablando con los pintalabios últimamente)
como el sabor de un helado de chocolate y limón. Tras este bonito
pensamiento, la niña decidió que no volvería a dejar que la
Vaquita pasara tanto tiempo en la caja de pinturas. La abrazó con
fuerza y se fundió en el calor que ésta le habia dado tantas veces,
se derritió con el recuerdo de las sensaciones que le producía
estrecharla por la noche(cuando solían volver las Luciérnagas del
Terror) hasta desaparecer del mundo real del que tanto le hablaba
Mamá, en el que no existían los bichos y por consiguiente, tampoco
el ratoncito Pérez. Lucía perdió, literalmente, la noción del
tiempo, deleitándose en sus ensoñaciones.
-¡Lucía! ¡Te dije que le echaras un
ojo!-le reprochó Mamá, bastante molesta-¡¿No ves que se está
derramando la sopa?!
-¡Llevo una hora llamándote, ¿dónde
estabas?-preguntó la niña, indignada-¡Ha aparecido mi Vaquita!-explicó la pequeña, excitada y radiante de felicidad.
-¿La Vaquita? ¿La encontraste?
-Sí, en tu cajón.
-¿Has estado rebuscando ahí otra
vez?-preguntó la madre, con una mirada inquisidora que se deshizo en
ternura tras el leve asentimiento de la niña acompañado de una
arrebatadora mirada de arrepentimiento-Ay, Lucía...
-Sí...-agachó la cabeza- pero la
encontré en tu estuche de pinturas y la puse con la colada.
-Pues hala, ahora te comes la sopa
fría-añadió la madre con un tono de irritación difuminado en una de esas sonrisas que pretenden esconderse-,y eso por andar rebuscando entre mis cosas.
Pero esa noche, ya en la cama, Lucía se
sintió la niña más afortunada de todo el planeta, la luna, el sol
y las estrellas, pues, aunque la sopa no pudo disfrutarla
tanto como de costumbre(ya que era uno de sus platos favoritos que
Mamá tenía tiempo de preparar) había encontrado a su Vaquita y
volvía a sentirla cerca.
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