jueves, 28 de febrero de 2013

1. Una cena quemada.

De entre las prendas de grises colores, telas de cama y sudaderas de estar por casa, iban surgiendo recuerdos mientras la sopa que Mamá estaba preparando y que Lucía debía vigilar, hervía. Fue entonces cuando una orejita negra se asomó por los agujeros de la lana vieja. Era todo totalmente negro así que al principio la niña no pudo descubrir de qué se trataba. Se acercó, con una mezcla de cautela y curiosidad, a la caótica pila que asomaba por la puerta de la lavadora. Se trataba de otra causalidad paranormal. Lucía escudriñó el revuelto de pantalones, sábanas y camisas y ahí estaba, la brillante cabecita de la Vaquita dejándose entreveer entre las toneladas de ropa. Buscó la pequeña, deprisa y con impaciencia, la manera de alcanzar dicho objeto aparentemente aparecido por arte de magia bajo las puntadas de un jersey, y así, metió sus manitas, expertas en excavaciones arqueológicas emocionales, por dentro de la manga de éste. La operación de la investigadora de la República Taótica había fallado. Ahí no se encontraba ese peluchín encantador que no dejaba de llamarla con el recuerdo de su tierna oreja curioseando alrededor. La princesa de la casa, ya desesperada y a punto de llamar a Mamá, estiró del cuello del jersey con la otra mano y entonces, saltó la Vaquita completa, con sus patas de polos opuestos y sus recuerdos en forma de llavero. Como si de un objeto precioso se tratara, la famosa y consolidada arqueóloga de la familia, se acercó a la Vaquita para acariciarla.
-¡Mamá!¡Ven, he encontrado a la Vaquita!
La madre, haciendo caso omiso a sus peticiones, siguió trabajando en lo suyo, puesto que ser compositora requería un gran esfuerzo. En el fondo eso era su Mamá, la Compositora de vidas. Mientras pensaba esto, las manitas de la niña sintieron de nuevo el dulce tacto de la Vaquita, evocando así instantes geniales de cuando fueron de paseo al huerto, comieron cañas de chocolate o pasaron horas abrigadas entre mantas y calor viendo Dumbo y documentales de osos. La Vaquita se había escondido de Lucía cuando se metió en el estuche de maquillaje de su madre y su madre siempre le decía que estaba demasiado sucia como para colgarla en la nevera. Lucía le pedía a Mamá una y otra vez con ojos de cordero degollado que se la lavara, pero Mamá no tenía tiempo, y Papá estaba demasiado ocupado con sus líos de faldas como para siquiera pregúntarselo. Finalmente, esa misma mañana, haciéndose por fin realidad las peticiones de la dulce soñadora, la Vaquita llegó a su destino.

En ese momento sintió que estaba sosteniendo a la Vaquita en todo su esplendor y que la Vaquita le regalaba sensaciones tan hermosas (aunque no se diera cuenta, porque, había estado despistada hablando con los pintalabios últimamente) como el sabor de un helado de chocolate y limón. Tras este bonito pensamiento, la niña decidió que no volvería a dejar que la Vaquita pasara tanto tiempo en la caja de pinturas. La abrazó con fuerza y se fundió en el calor que ésta le habia dado tantas veces, se derritió con el recuerdo de las sensaciones que le producía estrecharla por la noche(cuando solían volver las Luciérnagas del Terror) hasta desaparecer del mundo real del que tanto le hablaba Mamá, en el que no existían los bichos y por consiguiente, tampoco el ratoncito Pérez. Lucía perdió, literalmente, la noción del tiempo, deleitándose en sus ensoñaciones.
-¡Lucía! ¡Te dije que le echaras un ojo!-le reprochó Mamá, bastante molesta-¡¿No ves que se está derramando la sopa?!
-¡Llevo una hora llamándote, ¿dónde estabas?-preguntó la niña, indignada-¡Ha aparecido mi Vaquita!-explicó la pequeña, excitada y radiante de felicidad.
-¿La Vaquita? ¿La encontraste?
-Sí, en tu cajón.
-¿Has estado rebuscando ahí otra vez?-preguntó la madre, con una mirada inquisidora que se deshizo en ternura tras el leve asentimiento de la niña acompañado de una arrebatadora mirada de arrepentimiento-Ay, Lucía...
-Sí...-agachó la cabeza- pero la encontré en tu estuche de pinturas y la puse con la colada.
-Pues hala, ahora te comes la sopa fría-añadió la madre con un tono de irritación difuminado en una de esas sonrisas que pretenden esconderse-,y eso por andar rebuscando entre mis cosas.

Pero esa noche, ya en la cama, Lucía se sintió la niña más afortunada de todo el planeta, la luna, el sol y las estrellas, pues, aunque la sopa no pudo disfrutarla tanto como de costumbre(ya que era uno de sus platos favoritos que Mamá tenía tiempo de preparar) había encontrado a su Vaquita y volvía a sentirla cerca.

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