Las gotas de lluvia corrían ansiosas por los cristales del asiento trasero. Lucía las observó ávidamente, seguía con sus grandes pupilas el recorrido de cada gota.
-Hace un frío que pela-dijo Mamá.
-Mira que eres exagerada-le respondió Papá mostrando sus hoyuelos.
-¿No me dirás que no hace frío?-le recriminó Mamá. Papá asintió con una sonrisa de medio lado. Cuando Papá hacía eso era porque algo le gustaba y le daba vergüenza decirlo, y Papá siempre hacía ese gesto cuando Mamá se indignaba por alguna injusticia, o por la "maldita tormenta", como decía ella. En ese momento no había ni rayos ni truenos, sólo muchísimas gotas enormes que se estampaban contra el cristal. Las gotas parecían siempre huir cuando se miraban desde dentro de la ventanilla. Lucía la abrió para ver qué pasaba con las gotas. Las del cristal interior, se fueron derramando por la puerta cuando pulsó el botón automático, y Lucía empezó a sentir su cara mojada por las nuevas gotas que entraban en el vehículo. Justo cuando una le cayó en el labio y la lamió para intentar descubrir a qué sabían las gotas, una voz lejana le recriminó algo desde el asiento delantero: -¡Lucía! Cierra la ventana, que te vas a constipar-. Era su madre la que la reñía. La pequeña obedeció y se quedó con las ganas de saborear las gotas de lluvia. Pensó que era más divertido viajar con Papá, porque a Papá le gustaba tantísimo viajar que no se fijaba en si la ventanilla estaba bajada o subida. Un poco malhumorada, sacó a su Vaquita del bolsillo del abrigo, ya que no había podido colgársela porque ese día iban a un sitio importante y su Mamá le había puesto un vestido precioso que hacía que Lucía flotara mientras daba vueltas.
Cuando nadie le hacía caso y daba la causalidad de que llevaba vestido, Lucía lo miraba y empezaba a girar con gran velocidad sobre sí misma. Este se iba ahuecando más y más cuánto más rápidas eran vueltas. Se centraba tanto en su color azulón que parecía que sus pies desaparecían tras él y la Gran Soñadora(como Pedro la llamaba) despegaba para volar lejos con su Vaquita. "Mi Vaquita, lo había olvidado"-pensó. Lucía sacó a la Vaquita de la trenca para preguntarle a que sabían las gotas, pero la Vaquita le miró con incomprensión y la niña se encogió de hombros. La Vaquita también se lo estaba preguntando a ella, pero claro, Lucía tampoco lo sabía, porqué lo iba a preguntar sino. Con afán de descubrirlo, Lucía pulsó de nuevo el botón, esta vez de manera más suave para que nadie pudiera darse cuenta, sólo ella y su Vaquita. Su Papá siempre hacía eso cuando quería hacer algo que los demás no le dejaban. A su Papá le encantaban un montón de cosas geniales que a los demás adultos no solían gustar, y por eso se escaqueaba de sus reuniones dibujando disimulados garabatos en su bloc de notas. Papá se distraía mucho repasando sus letras favoritas una y otra vez, así, si repasaba los números de una fecha, no olvidaba en qué día estaba, o si repasaba las ideas que los demás habían dado, no se le olvidaban. Así era su trabajo, Papá tenía que recordar constantemente lo que tenían que hacer los demás porque sino los demás no lo recordaban. En la Caja de Papá(la Caja es donde se guardan los secretos y se aprehenden las sensaciones) había muchas letras y números repasados una y otra vez con bolígrafo azul. Por eso Papá a veces se volvía despistado y no se acordaba de algunas cosas que Lucía le decía, y ella tenía que recordárselas. Mamá odiaba recordar las cosas una y otra vez, pero a Lucía no le importaba porque no entendía el tiempo, pero sí entendía que la caja de su Papá estaba llena de ideas de otras personas, de letras y de números que nunca se llevaban a cabo a no ser que él los recordase. O eso parecía que él creía. Pero aún así, Lucía sabía que Papá repasaba las letras porque pensaba en otras cosas y en las reuniones se aburría. Papá decía que eso era disimular.
Disimular era jugar sin que nadie se diera cuenta. Así que Lucía decidió disimular como Papá. Se acercó a la ventanilla con cautela y asomó la punta de su lengua fijando la mirada en ella para no sacarla más de la cuenta. No quería que su Mamá notara ningún gesto exagerado en su cara al mirar por el retrovisor. Las gotas ya no entraban, porque no había viento, en lugar de eso, empezó a sentir cierta humedad, y así fue como descubrió que después de la lluvia, todo sabía a mojado, y a Lucía le encantaba cuando estaba todo encharcado y podía así usar sus botas de agua para que ellas también notaran el sabor de la lluvia. Oyó otra vez el cantar de la voz suave de su Mamá, que se quejaba del frío, así que, como saliendo de una ensoñación, Lucía apretó el botón automático estrepitosamente, y la ventana se cerró de golpe. Seguramente Mamá debió aguzar oído en aquel instante-Lucía...-la llamó-no abras más la ventana, hazme el favor-le repitió su madre cansada. A veces a Lucía también tenían que repetirle las cosas, como a Papá. Ella explicaba mil veces sus juegos a los adultos porque la explicación de que era un juego, no era suficiente, y a Lucía también le gustaba compartir sus juegos con los adultos. Pero la mayoría de los adultos nunca enseñaban sus juegos, o quizá no tenían. Quizá Mamá quería compartir algo. Pero no la dejaba sentir las gotas de lluvia mojando su lengua seca. Vaya rollo, Mamá siempre tenía miedo de que Lucía se constipara, porque a Mamá no le daban miedo los monstruos como a Lucía, le daban miedo las personas constipadas, y eso que Lucía se constipaba siempre, y es poco probable que Mamá tuviera miedo de ella. No, Mamá no tenía miedo de Lucía, tenía miedo de viajar, quizá porque tenía miedo de viajar con Lucía. Siempre le daban miedo los aviones. Pero a Papá le encantaban, de hecho, los coleccionaba. Papá tenía la colección más grande de aviones que nadie hubiera visto, porque a Papá le encantaba viajar. Papá le enseñó a Lucía que viajar era divertido, y por eso a ella también le encantaba viajar, sobre todo con personas que compartieran su viaje y jugaran con ella, como Papá.
Siempre que iban en el coche, Papá y ella cantaban un montón de canciones juntos. A veces, si estaban solos, jugaban al veo-veo, y también se contaban chistes y adivinanzas, que era uno de los Juegos de Papá favorito de Lucía. Cuando viajaban con otra gente, Papá no contaba adivinanzas, pero siempre se reía, aunque los demás no siempre se rieran tanto como él. A Lucía le encantaba cuando dos personas se reían a la vez porque a ella también le daba alegría y se reía con ellos, pero cuando el copiloto no respondía a las carcajadas silenciosas de su padre(que eran las sonrisas), Lucía se enfadaba. A Papá no le gustaba que Lucía se enfadara y por eso ella no decía nada y se callaba, pero en realidad se fijaba mucho en las demás personas para ver cómo jugaban con su Papá. Todo el mundo jugaba con Papá, y eso estaba bien, pero no todos los juegos eran divertidos, como los que él solía enseñarle a su loca preferida(porque así la llamaba Papá a veces). Lucía creía que los juegos que no eran de Papá y a los que jugaban los adultos con él no eran divertidos. Pero su Papá era muy divertido, así que debía ser que los demás eran un poco raros, porque no entendían sus juegos. Pero a él no le importaba, porque Papá siempre encontraba algún juego, ya fuera en forma de melodía, poesía, cosquillas o coches. Su Papá sentía devoción por los coches rojos, como ella, y a veces los contaban por la carretera o se imaginaban que estaban dentro de uno yendo hacia la montaña a cantar con los pájaros. Papá fue realmente quién enseño a Lucía a jugar. Sí, porque todos los juegos favoritos de Lucía, se parecían a los de Papá.
-Ya hemos llegado-sentenció Papá.
-¡Bien!-exclamó Lucía-¿Y quién va a haber en la fiesta? ¿Estará Pedro? ¿Y Luisa?-preguntó intrigada.
-No cariño, Pedro hoy no está pero Luisa no sé si habrá ido-respondió Papá. Luisa era genial pero cuando iba con José, su marido, se volvía muy aburrida, porque sólo le hacía caso a él, y a Lucía le gustaba mucho cuando Luisa le hacía caso y le preguntaba por cosas que había aprendido en el colegio. Mamá abrió la puerta y abrió también la de Lucía. La pequeña sintió un escalofrío cuando eso sucedió y se le heló la nariz en un instante: -¡Aaaaa....aaaach...ACHÍS!-estornudó la niña, apretando fuerte a la Vaquita contra su pecho. -¿Lo ves? No tenías que haber abierto la ventana, te vas a constipar-auguró su Mamá.
Pero la Reina de los Monstruos no sabía lo que eran los augurios, así que volvió a acordarse de las gotas y de los Juegos de Papá, que eran muy parecidos a los Juegos de Lucía, porque repasar muchas veces una letra es pintar, y a Lucía le encantaba pintar. Igual que le encantaba contemplar el recorrido de las gotas de lluvia estampadas en la ventana con sus brillantes ojos azules. Igual que a su Papá le encantaba garabatear en su bloc de notas mientras los demás jugaban a algunos juegos que él no entendía. Al fin y al cabo su Papá sólo entendía casi todo, aunque a veces algunas cosas las entendiera mal. Papá y Lucía eran bastante parecidos.
Las trepidantes aventuras de una niña que hizo un trato con las luciérnagas, los fantasmas y demás cosas espantosas para que no le cortaran las alas.
sábado, 2 de marzo de 2013
2. ¿Y por qué?
-Mami, ¿por qué la cúpula es azul?-preguntó la pequeña.-Pues porque al arquitecto le gustaría ese color-respondió Mamá.-A mí también me gusta, porque me gusta el cielo y me gusta sentarme en la hierba fresca a mirarlo.-apuntó Lucía, mientras evocaba el dulce olor a primavera que salía del cielo aquel día en que se sentó con su Vaquita en el parque. -Pero, mamá...¿por qué el cielo es azul?-volvió.-Pues porque...bueno, lo aprenderás en el colegio-quiso desistir la madre, zanjando la conversación.-Pero, jo, yo quiero saberlo ahora, en el colegio aún vamos por las tablas de multiplicar.-Confía en mí, cielo-dijo Mamá, cariñosamente- las tablas de multiplicar te ayudarán a entenderlo, cuando seas un poco más mayor-esa respuesta acalló a la niña durante unos instantes, en los que se cuestionó qué relación podían tener los números con los rayos de sol que sintió fundiéndose con su piel en aquella tarde calurosa de primavera. Miró a su compañera imantada y, ésta, con una mirada de complicidad, parecía sonreírle diciéndo que ella también se fijaba en las nubes.Lucía recordaba aquel momento como si hubiera sucedido ayer, debe ser la ventaja que tiene no haber cumplido aún los ocho años y medio. La luz traspasaba su enorme iris azul mientras acariciaba a la Vaquita. En ese momento la niña se sintió la más dichosa de todo el "cosmos"(como su Papá solía decir cuando le hablaba de las estrellas). A veces, a la pequeña, le daba la sensación de que cuando descubría algo con su Vaquita colgada del pantalón, lo descubría mejor, más apasionadamente. La Vaquita era su cómplice y la entendía sin necesidad de hablar cuando ella fijaba con sus manitas claras los ojos del peluche en el cielo. Entonces, al compartir su alegría, se sentía más feliz que nunca. Compartir era una palabra que le habían enseñado su Mamá y su Papá, ellos solían decirle que le dejara sus cosas a otros niños para que también pudieran jugar con ellas, así el juego sería más divertido. También la leyó una vez en un libro que le había regalado Pedro, que siempre le sonreía a ella(la primera, su loquita) cuando aparecía con Papá y Mamá en la sala de su consulta. Pedro sentía una debilidad tremenda por Lucía y siempre le hablaba de cuando él era pequeño en Perú. Le contaba cosas fascinantes que había hecho con sus amigos y le invitaba así a probarlo ella con los suyos. Aunque los juegos de sus amigos eran un poco aburridos, no como los de Pedro, y al final Lucía siempre recurría a su Vaquita, puesto que a ella no tenía que explicarle nada, bastaba con rozar ligeramente su cabecita blanca para que ésta captara lo que Lucía le quería decir. Pero con las personas era diferente, siempre tenía que explicar una y otra vez que era lo que pasaba por su cabeza para poder jugar así también con ellos y divertirse juntos. Era especialmente duro con las personas mayores, ellas nunca entendían nada por sí solas. Algunas sí, y algunas veces, pero otras no, y eso no irritaba a la niña, al contrario, le hacía tener cada vez más ansias de compartir todos sus tesoros, ya que si esas personas no hablaban o no sonreían, quería decir que no podían entenderlos, y por eso, no eran felices. Como su Mamá, que a veces no parecía feliz. Ese día no podía serlo mucho, ya que no fue capaz de explicarle a Lucia qué tenía que ver que el cielo fuera de color celeste con que dos por dos fueran cuatro. Y en eso pensaba la pequeña cuando retomó la conversación.-Mamá, ¿qué es la felicidad?-preguntó la Reina de los Monstruos, curiosa, olvidando así por completo el olor de las nubes y el cielo.-¡Ay, Lucía, qué preguntas haces!-replicó la madre, molesta.-Es que a mi me gusta cuando la gente es feliz, como tú cuando me besas la frente-explicó otra vez, esforzándose para que Mamá entendiera el porqué de su gran duda. Mamá no contestó, como muchas otras veces, dejando la pregunta de la niña de sus ojos en el aire. En lugar de eso, le revolvió el pelo y la achuchó entre sus brazos.-Yo soy feliz porque te quiero-contestó la madre. Lucía olvidó, otra vez, la nueva duda. No pudo evitar centrar todas sus fuerzas en el abrazo de su Mamá, porque los abrazos de su Mamá eran de los mejores del mundo según el Libro de los Récords Rodríguez, que ella misma había creado, cogiendo el apellido de Papá, que siempre le explicaba quién hacía las cosas más increíbles del mundo y en qué consistían esas cosas increíbles. Esas cosas increíbles no tenían nada, pero nada que ver, con lo que Lucía consideraba increíble. Para ella era increíble el mar, las olas, y el olor de la playa, que se parecía un poco al olor del cielo, que también era azul, como el mar. Así recordó a que había venido el achuchón de Mamá, y entendió que, aunque a Mamá no le gustaba responder a algunas cosas(o porque no las sabía o porque le daba vergüenza preguntarlas o miedo descubrirlas), sí le gustaba que su hijita le invitara a unirse a sus juegos. Esa noche, en la cama, Lucía se dio cuenta de que su Mamá le había enseñado muchas cosas. Le había enseñado que los arquitectos construían las cúpulas y las pintaban del color que ellos querían. Le había enseñado que tenía que aprender primero las tablas de multiplicar para entender porqué el cielo era azul. Le había enseñado que el cielo y el mar olían igual de bien. Pero, sobre todo, Mamá le había enseñado que era feliz porque estaba con su princesa, igual que ella era feliz porque estaba con su Vaquita. Y pensó en lo feliz que era con su Mamá, en lugar de hacer caso a los Monstruos de las Preguntas que no le dejaban nunca acabar los deberes. Dichosos monstruos...siempre aparecían cuando menos tiempo tenía para enfrentarse a ellos. Quizá fuera porque Lucía ya no creía en los monstruos.
jueves, 28 de febrero de 2013
1. Una cena quemada.
De entre las prendas de grises colores,
telas de cama y sudaderas de estar por casa, iban surgiendo recuerdos
mientras la sopa que Mamá estaba preparando y que Lucía debía vigilar, hervía. Fue entonces cuando una orejita negra se asomó por los
agujeros de la lana vieja. Era todo totalmente negro así que al
principio la niña no pudo descubrir de qué se trataba. Se acercó, con
una mezcla de cautela y curiosidad, a la caótica pila que asomaba
por la puerta de la lavadora. Se trataba de otra causalidad
paranormal. Lucía escudriñó el revuelto de pantalones, sábanas y
camisas y ahí estaba, la brillante cabecita de la Vaquita dejándose
entreveer entre las toneladas de ropa. Buscó la pequeña, deprisa y con
impaciencia, la manera de alcanzar dicho objeto aparentemente
aparecido por arte de magia bajo las puntadas de un jersey, y así,
metió sus manitas, expertas en excavaciones arqueológicas
emocionales, por dentro de la manga de éste. La operación de la
investigadora de la República Taótica había fallado. Ahí no se
encontraba ese peluchín encantador que no dejaba de llamarla con el
recuerdo de su tierna oreja curioseando alrededor. La princesa de la casa, ya
desesperada y a punto de llamar a Mamá, estiró del cuello del
jersey con la otra mano y entonces, saltó la Vaquita completa, con
sus patas de polos opuestos y sus recuerdos en forma de llavero. Como
si de un objeto precioso se tratara, la famosa y consolidada
arqueóloga de la familia, se acercó a la Vaquita para acariciarla.
-¡Mamá!¡Ven, he encontrado a la
Vaquita!
La madre, haciendo caso omiso a sus
peticiones, siguió trabajando en lo suyo, puesto que ser compositora
requería un gran esfuerzo. En el fondo eso era su Mamá, la
Compositora de vidas. Mientras pensaba esto, las manitas de la niña
sintieron de nuevo el dulce tacto de la Vaquita, evocando así
instantes geniales de cuando fueron de paseo al huerto, comieron
cañas de chocolate o pasaron horas abrigadas entre mantas y calor
viendo Dumbo y documentales de osos. La Vaquita se había escondido
de Lucía cuando se metió en el estuche de maquillaje de su madre y su
madre siempre le decía que estaba demasiado sucia como para colgarla
en la nevera. Lucía le pedía a Mamá una y otra vez con ojos de
cordero degollado que se la lavara, pero Mamá no tenía tiempo, y
Papá estaba demasiado ocupado con sus líos de faldas como para
siquiera pregúntarselo. Finalmente, esa misma mañana, haciéndose
por fin realidad las peticiones de la dulce soñadora, la Vaquita llegó a su
destino.
En ese momento sintió que estaba
sosteniendo a la Vaquita en todo su esplendor y que la Vaquita le
regalaba sensaciones tan hermosas (aunque no se diera cuenta, porque,
había estado despistada hablando con los pintalabios últimamente)
como el sabor de un helado de chocolate y limón. Tras este bonito
pensamiento, la niña decidió que no volvería a dejar que la
Vaquita pasara tanto tiempo en la caja de pinturas. La abrazó con
fuerza y se fundió en el calor que ésta le habia dado tantas veces,
se derritió con el recuerdo de las sensaciones que le producía
estrecharla por la noche(cuando solían volver las Luciérnagas del
Terror) hasta desaparecer del mundo real del que tanto le hablaba
Mamá, en el que no existían los bichos y por consiguiente, tampoco
el ratoncito Pérez. Lucía perdió, literalmente, la noción del
tiempo, deleitándose en sus ensoñaciones.
-¡Lucía! ¡Te dije que le echaras un
ojo!-le reprochó Mamá, bastante molesta-¡¿No ves que se está
derramando la sopa?!
-¡Llevo una hora llamándote, ¿dónde
estabas?-preguntó la niña, indignada-¡Ha aparecido mi Vaquita!-explicó la pequeña, excitada y radiante de felicidad.
-¿La Vaquita? ¿La encontraste?
-Sí, en tu cajón.
-¿Has estado rebuscando ahí otra
vez?-preguntó la madre, con una mirada inquisidora que se deshizo en
ternura tras el leve asentimiento de la niña acompañado de una
arrebatadora mirada de arrepentimiento-Ay, Lucía...
-Sí...-agachó la cabeza- pero la
encontré en tu estuche de pinturas y la puse con la colada.
-Pues hala, ahora te comes la sopa
fría-añadió la madre con un tono de irritación difuminado en una de esas sonrisas que pretenden esconderse-,y eso por andar rebuscando entre mis cosas.
Pero esa noche, ya en la cama, Lucía se
sintió la niña más afortunada de todo el planeta, la luna, el sol
y las estrellas, pues, aunque la sopa no pudo disfrutarla
tanto como de costumbre(ya que era uno de sus platos favoritos que
Mamá tenía tiempo de preparar) había encontrado a su Vaquita y
volvía a sentirla cerca.
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