sábado, 2 de marzo de 2013

2. ¿Y por qué?

-Mami, ¿por qué la cúpula es azul?-preguntó la pequeña.-Pues porque al arquitecto le gustaría ese color-respondió Mamá.-A mí también me gusta, porque me gusta el cielo y me gusta sentarme en la hierba fresca a mirarlo.-apuntó Lucía, mientras evocaba el dulce olor a primavera que salía del cielo aquel día en que se sentó con su Vaquita en el parque. -Pero, mamá...¿por qué el cielo es azul?-volvió.-Pues porque...bueno, lo aprenderás en el colegio-quiso desistir la madre, zanjando la conversación.-Pero, jo, yo quiero saberlo ahora, en el colegio aún vamos por las tablas de multiplicar.-Confía en mí, cielo-dijo Mamá, cariñosamente- las tablas de multiplicar te ayudarán a entenderlo, cuando seas un poco más mayor-esa respuesta acalló a la niña durante unos instantes, en los que se cuestionó qué relación podían tener los números con los rayos de sol que sintió fundiéndose con su piel en aquella tarde calurosa de primavera. Miró a su compañera imantada y, ésta, con una mirada de complicidad, parecía sonreírle diciéndo que ella también se fijaba en las nubes.Lucía recordaba aquel momento como si hubiera sucedido ayer, debe ser la ventaja que tiene no haber cumplido aún los ocho años y medio. La luz traspasaba su enorme iris azul mientras acariciaba a la Vaquita. En ese momento la niña se sintió la más dichosa de todo el "cosmos"(como su Papá solía decir cuando le hablaba de las estrellas). A veces, a la pequeña, le daba la sensación de que cuando descubría algo con su Vaquita colgada del pantalón, lo descubría mejor, más apasionadamente. La Vaquita era su cómplice y la entendía sin necesidad de hablar cuando ella fijaba con sus manitas claras los ojos del peluche en el cielo. Entonces, al compartir su alegría, se sentía más feliz que nunca. Compartir era una palabra que le habían enseñado su Mamá y su Papá, ellos solían decirle que le dejara sus cosas a otros niños para que también pudieran jugar con ellas, así el juego sería más divertido. También la leyó una vez en un libro que le había regalado Pedro, que siempre le sonreía a ella(la primera, su loquita) cuando aparecía con Papá y Mamá en la sala de su consulta. Pedro sentía una debilidad tremenda por Lucía y siempre le hablaba de cuando él era pequeño en Perú. Le contaba cosas fascinantes que había hecho con sus amigos y le invitaba así a probarlo ella con los suyos. Aunque los juegos de sus amigos eran un poco aburridos, no como los de Pedro, y al final Lucía siempre recurría a su Vaquita, puesto que a ella no tenía que explicarle nada, bastaba con rozar ligeramente su cabecita blanca para que ésta captara lo que Lucía le quería decir. Pero con las personas era diferente, siempre tenía que explicar una y otra vez que era lo que pasaba por su cabeza para poder jugar así también con ellos y divertirse juntos. Era especialmente duro con las personas mayores, ellas nunca entendían nada por sí solas. Algunas sí, y algunas veces, pero otras no, y eso no irritaba a la niña, al contrario, le hacía tener cada vez más ansias de compartir todos sus tesoros, ya que si esas personas no hablaban o no sonreían, quería decir que no podían entenderlos, y por eso, no eran felices. Como su Mamá, que a veces no parecía feliz. Ese día no podía serlo mucho, ya que no fue capaz de explicarle a Lucia qué tenía que ver que el cielo fuera de color celeste con que dos por dos fueran cuatro. Y en eso pensaba la pequeña cuando retomó la conversación.-Mamá, ¿qué es la felicidad?-preguntó la Reina de los Monstruos, curiosa, olvidando así por completo el olor de las nubes y el cielo.-¡Ay, Lucía, qué preguntas haces!-replicó la madre, molesta.-Es que a mi me gusta cuando la gente es feliz, como tú cuando me besas la frente-explicó otra vez, esforzándose para que Mamá entendiera el porqué de su gran duda. Mamá no contestó, como muchas otras veces, dejando la pregunta de la niña de sus ojos en el aire. En lugar de eso, le revolvió el pelo y la achuchó entre sus brazos.-Yo soy feliz porque te quiero-contestó la madre. Lucía olvidó, otra vez, la nueva duda. No pudo evitar centrar todas sus fuerzas en el abrazo de su Mamá, porque los abrazos de su Mamá eran de los mejores del mundo según el Libro de los Récords Rodríguez, que ella misma había creado, cogiendo el apellido de Papá, que siempre le explicaba quién hacía las cosas más increíbles del mundo y en qué consistían esas cosas increíbles. Esas cosas increíbles no tenían nada, pero nada que ver, con lo que Lucía consideraba increíble. Para ella era increíble el mar, las olas, y el olor de la playa, que se parecía un poco al olor del cielo, que también era azul, como el mar. Así recordó a que había venido el achuchón de Mamá, y entendió que, aunque a Mamá no le gustaba responder a algunas cosas(o porque no las sabía o porque le daba vergüenza preguntarlas o miedo descubrirlas), sí le gustaba que su hijita le invitara a unirse a sus juegos. Esa noche, en la cama, Lucía se dio cuenta de que su Mamá le había enseñado muchas cosas. Le había enseñado que los arquitectos construían las cúpulas y las pintaban del color que ellos querían. Le había enseñado que tenía que aprender primero las tablas de multiplicar para entender porqué el cielo era azul. Le había enseñado que el cielo y el mar olían igual de bien. Pero, sobre todo, Mamá le había enseñado que era feliz porque estaba con su princesa, igual que ella era feliz porque estaba con su Vaquita. Y pensó en lo feliz que era con su Mamá, en lugar de hacer caso a los Monstruos de las Preguntas que no le dejaban nunca acabar los deberes. Dichosos monstruos...siempre aparecían cuando menos tiempo tenía para enfrentarse a ellos. Quizá fuera porque Lucía ya no creía en los monstruos.

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