sábado, 2 de marzo de 2013

3. Los Juegos de Papá

Las gotas de lluvia corrían ansiosas por los cristales del asiento trasero. Lucía las observó ávidamente, seguía con sus grandes pupilas el recorrido de cada gota.
-Hace un frío que pela-dijo Mamá.
-Mira que eres exagerada-le respondió Papá mostrando sus hoyuelos.
-¿No me dirás que no hace frío?-le recriminó Mamá. Papá asintió con una sonrisa de medio lado. Cuando Papá hacía eso era porque algo le gustaba y le daba vergüenza decirlo, y Papá siempre hacía ese gesto cuando Mamá se indignaba por alguna injusticia, o por la "maldita tormenta", como decía ella. En ese momento no había ni rayos ni truenos, sólo muchísimas gotas enormes que se estampaban contra el cristal. Las gotas parecían siempre huir cuando se miraban desde dentro de la ventanilla. Lucía la abrió para ver qué pasaba con las gotas. Las del cristal interior, se fueron derramando por la puerta cuando pulsó el botón automático, y Lucía empezó a sentir su cara mojada por las nuevas gotas que entraban en el vehículo. Justo cuando una le cayó en el labio y la lamió para intentar descubrir a qué sabían las gotas, una voz lejana le recriminó algo desde el asiento delantero: -¡Lucía! Cierra la ventana, que te vas a constipar-. Era su madre la que la reñía. La pequeña obedeció y se quedó con las ganas de saborear las gotas de lluvia. Pensó que era más divertido viajar con Papá, porque a Papá le gustaba tantísimo viajar que no se fijaba en si la ventanilla estaba bajada o subida. Un poco malhumorada, sacó a su Vaquita del bolsillo del abrigo, ya que no había podido colgársela porque ese día iban a un sitio importante y su Mamá le había puesto un vestido precioso que hacía que Lucía flotara mientras daba vueltas.

Cuando nadie le hacía caso y daba la causalidad de que llevaba vestido, Lucía lo miraba y empezaba a girar con gran velocidad sobre sí misma. Este se iba ahuecando más y más cuánto más rápidas eran vueltas. Se centraba tanto en su color azulón que parecía que sus pies desaparecían tras él y la Gran Soñadora(como Pedro la llamaba) despegaba para volar lejos con su Vaquita. "Mi Vaquita, lo había olvidado"-pensó. Lucía sacó a la Vaquita de la trenca para preguntarle a que sabían las gotas, pero la Vaquita le miró con incomprensión y la niña se encogió de hombros. La Vaquita también se lo estaba preguntando a ella, pero claro, Lucía tampoco lo sabía, porqué lo iba a preguntar sino. Con afán de descubrirlo, Lucía pulsó de nuevo el botón, esta vez de manera más suave para que nadie pudiera darse cuenta, sólo ella y su Vaquita. Su Papá siempre hacía eso cuando quería hacer algo que los demás no le dejaban. A su Papá le encantaban un montón de cosas geniales que a los demás adultos no solían gustar, y por eso se escaqueaba de sus reuniones dibujando disimulados garabatos en su bloc de notas. Papá se distraía mucho repasando sus letras favoritas una y otra vez, así, si repasaba los números de una fecha, no olvidaba en qué día estaba, o si repasaba las ideas que los demás habían dado, no se le olvidaban. Así era su trabajo, Papá tenía que recordar constantemente lo que tenían que hacer los demás porque sino los demás no lo recordaban. En la Caja de Papá(la Caja es donde se guardan los secretos y se aprehenden las sensaciones) había muchas letras y números repasados una y otra vez con bolígrafo azul. Por eso Papá a veces se volvía despistado y no se acordaba de algunas cosas que Lucía le decía, y ella tenía que recordárselas. Mamá odiaba recordar las cosas una y otra vez, pero a Lucía no le importaba porque no entendía el tiempo, pero sí entendía que la caja de su Papá estaba llena de ideas de otras personas, de letras y de números que nunca se llevaban a cabo a no ser que él los recordase. O eso parecía que él creía. Pero aún así, Lucía sabía que Papá repasaba las letras porque pensaba en otras cosas y en las reuniones se aburría. Papá decía que eso era disimular.

Disimular era jugar sin que nadie se diera cuenta. Así que Lucía decidió disimular como Papá. Se acercó a la ventanilla con cautela y asomó la punta de su lengua fijando la mirada en ella para no sacarla más de la cuenta. No quería que su Mamá notara ningún gesto exagerado en su cara al mirar por el retrovisor. Las gotas ya no entraban, porque no había viento, en lugar de eso, empezó a sentir cierta humedad, y así fue como descubrió que después de la lluvia, todo sabía a mojado, y a Lucía le encantaba cuando estaba todo encharcado y podía así usar sus botas de agua para que ellas también notaran el sabor de la lluvia. Oyó otra vez el cantar de la voz suave de su Mamá, que se quejaba del frío, así que, como saliendo de una ensoñación, Lucía apretó el botón automático estrepitosamente, y la ventana se cerró de golpe. Seguramente Mamá debió  aguzar oído en aquel instante-Lucía...-la llamó-no abras más la ventana, hazme el favor-le repitió su madre cansada. A veces a Lucía también tenían que repetirle las cosas, como a Papá. Ella explicaba mil veces sus juegos a los adultos porque la explicación de que era un juego, no era suficiente, y a Lucía también le gustaba compartir sus juegos con los adultos. Pero la mayoría de los adultos nunca enseñaban sus juegos, o quizá no tenían. Quizá Mamá quería compartir algo. Pero no la dejaba sentir las gotas de lluvia mojando su lengua seca. Vaya rollo, Mamá siempre tenía miedo de que Lucía se constipara, porque a Mamá no le daban miedo los monstruos como a Lucía, le daban miedo las personas constipadas, y eso que Lucía se constipaba siempre, y es poco probable que Mamá tuviera miedo de ella. No, Mamá no tenía miedo de Lucía, tenía miedo de viajar, quizá porque tenía miedo de viajar con Lucía. Siempre le daban miedo los aviones. Pero a Papá le encantaban, de hecho, los coleccionaba. Papá tenía la colección más grande de aviones que nadie hubiera visto, porque a Papá le encantaba viajar. Papá le enseñó a Lucía que viajar era divertido, y por eso a ella también le encantaba viajar, sobre todo con personas que compartieran su viaje y jugaran con ella, como Papá.

Siempre que iban en el coche, Papá y ella cantaban un montón de canciones juntos. A veces, si estaban solos, jugaban al veo-veo, y también se contaban chistes y adivinanzas, que era uno de los Juegos de Papá favorito de Lucía. Cuando viajaban con otra gente, Papá no contaba adivinanzas, pero siempre se reía, aunque los demás no siempre se rieran tanto como él. A Lucía le encantaba cuando dos personas se reían a la vez porque a ella también le daba alegría y se reía con ellos, pero cuando el copiloto no respondía a las carcajadas silenciosas de su padre(que eran las sonrisas), Lucía se enfadaba. A Papá no le gustaba que Lucía se enfadara y por eso ella no decía nada y se callaba, pero en realidad se fijaba mucho en las demás personas para ver cómo jugaban con su Papá. Todo el mundo jugaba con Papá, y eso estaba bien, pero no todos los juegos eran divertidos, como los que él solía enseñarle a su loca preferida(porque así la llamaba Papá a veces). Lucía creía que los juegos que no eran de Papá y a los que jugaban los adultos con él no eran divertidos. Pero su Papá era muy divertido, así que debía ser que los demás eran un poco raros, porque no entendían sus juegos. Pero a él no le importaba, porque Papá siempre encontraba algún juego, ya fuera en forma de melodía, poesía, cosquillas o coches. Su Papá sentía devoción por los coches rojos, como ella, y a veces los contaban por la carretera o se imaginaban que estaban dentro de uno yendo hacia la montaña a cantar con los pájaros. Papá fue realmente quién enseño a Lucía a jugar. Sí, porque todos los juegos favoritos de Lucía, se parecían a los de Papá.

-Ya hemos llegado-sentenció Papá.
-¡Bien!-exclamó Lucía-¿Y quién va a haber en la fiesta? ¿Estará Pedro? ¿Y Luisa?-preguntó intrigada.
-No cariño, Pedro hoy no está pero Luisa no sé si habrá ido-respondió Papá. Luisa era genial pero cuando iba con José, su marido, se volvía muy aburrida, porque sólo le hacía caso a él, y a Lucía le gustaba mucho cuando Luisa le hacía caso y le preguntaba por cosas que había aprendido en el colegio. Mamá abrió la puerta y abrió también la de Lucía. La pequeña sintió un escalofrío cuando eso sucedió y se le heló la nariz en un instante: -¡Aaaaa....aaaach...ACHÍS!-estornudó la niña, apretando fuerte a la Vaquita contra su pecho. -¿Lo ves? No tenías que haber abierto la ventana, te vas a constipar-auguró su Mamá.

Pero la Reina de los Monstruos no sabía lo que eran los augurios, así que volvió a acordarse de las gotas y de los Juegos de Papá, que eran muy parecidos a los Juegos de Lucía, porque repasar muchas veces una letra es pintar, y a Lucía le encantaba pintar. Igual que le encantaba contemplar el recorrido de las gotas de lluvia estampadas en la ventana con sus brillantes ojos azules. Igual que a su Papá le encantaba garabatear en su bloc de notas mientras los demás jugaban a algunos juegos que él no entendía. Al fin y al cabo su Papá sólo entendía casi todo, aunque a veces algunas cosas las entendiera mal. Papá y Lucía eran bastante parecidos.

1 comentario:

  1. Muy buena noche.

    Hoy entre al blog despues de mucho tiempo y leí tu mensaje, puedes ponerlo si quieres, para mi será un honor.

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